En la mitad de la tarde los higos se entreabren y manan miel blanca, leche muy fina, y así acuden las abejas, los pájaros, las moscas, y hasta algún animal de cabello largo y sedoso, trepa e hinca en esos pechos ternísimos su diente agudo, y bebe y devora.
Y yo camino suavemente, por las sendas, sin rumbo, lejos de la casa, errando, hasta que el viento me señala las altas cañas, el cañaveral; y surges tú, inmóvil, de espaldas, galán de la muerte, mirando el cielo, no mirando nada. Ya un colibrí de fijo temblor, te hipnotiza las cejas, los ojos. Y yo veo tus labios de amarilla cereza y me parece que una vez oí tu voz, que una vez oí tu voz gritando en el viento, cantando en el viento hacia las estrellas. Acaso ¿tu gallarda figura una vez pasó a mi lado, gallardamente, sin volverse?
Te pareces al doncel que custodia los ríos, los arroyos, al que guarda en la noche los predios del este y guía la blanca tropa de gacelas. ¿A qué hora se conmovió tu corazón? ¿Cuándo se te desgranaron las finas granadas de las venas? Ahora, un azor invencible te imanta. Ahora, hay que mirar tu edad en un horario de moscas y violetas. Pero, yo me voy a olvidar de todo, de mi casa de allá, de la tarde fragante, de las frutas que atraen a los pájaros. Ya el viento cierra las cañas, baja las banderas estrechas de las cañas. Yo voy a oprimir tu mano. Yo voy a tenderme a tu lado. Déjame sentir el ritmo de tu sangre amarilla. Haz nacer en mi entraña un pequeño cadáver, un niño inmóvil, igual a ti.
Del libro "Druida" |